Nunca es tarde para aprender: por qué tu cerebro a los 70 puede más de lo que crees

Nunca es tarde para aprender: por qué tu cerebro a los 70 puede más de lo que crees

Tengo una imagen grabada que me hace sonreír cada vez que la recuerdo. Hace unos años, en una cafetería de Florida, vi a un señor de unos ochenta años con una tablet nueva. Se le notaba que no la dominaba: la sostenía de lado, buscaba los botones con un dedo tembloroso. A su lado, su nieta de doce años le decía, con una paciencia que enternece: "No, abuelo, así no. Mire, toque aquí". Y el abuelo, concentrado como un astronauta en un lanzamiento, tocaba donde le decían.

Nadie en esa cafetería pensó que ese señor era un caso perdido. Pensamos, si acaso, que era admirable. Porque esa escena contradice una creencia que muchos cargamos por dentro: que después de cierta edad el cerebro deja de aprender, que ya está hecho, que "estoy muy viejo para eso". Yo mismo llegué a pensarlo. Y los últimos años de mi vida me han demostrado, con la alegría de quien descubre que se equivocó, que no es así.

El cerebro se reacomoda toda la vida

Déjenme explicarles un concepto que me fascina, y que es de lo más esperanzador que he aprendido como médico y como ingeniero: la neuroplasticidad. La palabra suena complicada, pero la idea es sencilla. Durante mucho tiempo se creyó que el cerebro, al llegar a la adultez, era como una casa terminada: se podía vivir en ella, pero no se le podía añadir ni una habitación. Hoy sabemos que no es así. El cerebro es más bien una casa que se remodela toda la vida. Cada vez que aprendemos algo nuevo, las neuronas establecen conexiones nuevas, las refuerzan, y a veces hasta crean neuronas nuevas en algunas zonas, como el hipocampo, que es la zona de la memoria.

Esto no es magia ni es teoría de moda. Es lo que la neurociencia ha ido mostrando durante décadas, con prudencia y con experimentos repetidos. Y tiene una consecuencia práctica enorme: aprender no es un lujo para jóvenes. Es una actividad para la que el cerebro está diseñado, a cualquier edad, aunque a los setenta el proceso sea distinto.

Seré honesto: a los setenta ya no aprendo como a los veinte. Me cuesta más retener nombres nuevos, y a veces tengo que releer una instrucción tres veces. Pero aprendo. Lo he comprobado conmigo mismo, y eso no tiene precio. La velocidad cambia, la capacidad no desaparece.

Aprender protege la mente

Aquí viene lo que más me interesa como médico. Se ha observado, en muchos estudios a lo largo de los años, que las personas que se mantienen mentalmente activas tienden a llegar mejor a la vejez en lo que respecta a sus funciones mentales. No voy a darles cifras exactas, porque no quiero citar números que no tengo frescos en la memoria, pero la dirección de la evidencia es consistente: un cerebro que se usa, se conserva mejor.

Los investigadores hablan de algo llamado reserva cognitiva, que es un término elegante para decir que el cerebro que ha aprendido mucho a lo largo de la vida tiene más recursos para enfrentar los desafíos de la edad. Es como un buen fondo de emergencia: no evita los problemas, pero ayuda a atravesarlos con más recursos. Aprender un idioma, tocar un instrumento, hacer cursos, usar tecnología nueva, leer y conversar sobre lo leído: todo eso va llenando ese fondo.

Y no hace falta que sea un objetivo grandioso. Un idioma, una pieza de música, un curso de jardinería, aprender a editar los videos de sus nietos: todo cuenta. Lo importante no es la materia. Lo importante es el proceso, el esfuerzo de la mente por entender algo que no entendía ayer. Ese esfuerzo es el ejercicio del cerebro, y el cerebro, como el músculo, responde al ejercicio.

Mi experiencia a los 72

Ahora les cuento lo mío, porque no quiero predicar algo que no practico. A mis 72 años sigo aprendiendo cosas nuevas todos los días, y la lista puede sonar extraña para un hombre de mi edad. Estoy aprendiendo a trabajar con herramientas digitales nuevas, a manejar programas que ni siquiera existían cuando me gradué de médico, a usar sistemas de inteligencia artificial que me ayudan a escribir y a pensar mejor. No les exagero: hay tardes en que me siento como ese señor de la cafetería, buscando el botón correcto mientras alguien más joven me dice, con paciencia, "no, doctor, así no".

¿Y saben qué? Me encanta. Me equivoco, tropiezo, a veces me frustro y cierro el programa. Pero al otro día vuelvo, y cada vez entiendo un poco más. Ese progreso lento tiene un sabor que no esperaba: el sabor de la niñez. Me siento otra vez como el muchacho que aprendía a andar en bicicleta en Caracas, cayéndose y levantándose.

También aprendo cosas no digitales, porque no todo es tecnología. Aprendí a hacer pan durante la pandemia, con recetas que me pasaron mis hijas. Sigo aprendiendo de medicina, porque la medicina cambia todos los días y el que deja de estudiar se queda atrás. Y aprendo de mis nietos, que me enseñan de música y de juegos con la misma paciencia con que yo les enseño de historia.

El error de "estoy muy viejo para eso"

Hay una frase que me rompe el corazón cada vez que la escucho: "Estoy muy viejo para eso". La he escuchado de pacientes de sesenta años, que me parece una edad casi juvenil. Y cada vez que la escucho, pienso en algo que aprendí como ingeniero: los errores más caros son los que se cometen por subestimar la estructura.

Porque fíjense lo que hace esa frase, por dentro. No es que la persona no pueda aprender. Es que se convence de que no puede, y por lo tanto no lo intenta, y por lo tanto nunca aprende. La profecía se cumple sola. La persona no está siendo vieja: se está jubilando por dentro, que es distinto. La edad del cuerpo no es la edad de la mente, y la edad de la mente se decide, en buena parte, en la voluntad de intentar.

No digo que sea fácil. Aprender de mayor es más lento, eso lo confieso. Se necesita más paciencia, más repetición, más dormir bien entre una sesión y otra. Pero el premio es doble: se gana la habilidad nueva, y se gana la prueba de que uno todavía puede. Esa segunda victoria, les aseguro, vale más que la primera.

Cómo empezar hoy, con algo pequeño

Si les convencí, o al menos les picó la curiosidad, les dejo mi método, que es simple y sin magia. Primero: empiecen con algo pequeño y concreto. No "quiero aprender inglés", sino "quiero aprender diez palabras de inglés esta semana". Lo pequeño se termina, y lo que se termina da ánimo. Lo grande asusta, y lo que asusta se abandona.

Segundo: conviértanlo en rutina. Quince minutos al día, a la misma hora, valen más que tres horas los domingos. El cerebro aprende por repetición, no por maratones. Tercero: no le teman al error. El error no es el fracaso del aprendizaje: es el aprendizaje mismo. Cada vez que se equivocan, su cerebro acaba de hacer el trabajo más importante del día. Cuarto: busquen a alguien con quien compartirlo, un nieto, un amigo, un grupo. Lo que se comparte se aprende mejor, y además se disfruta el doble. Y si usted llega a enseñarle a otro lo que aprendió, habrá ganado la confirmación definitiva de que lo domina.

Y quinto, el más importante: háganlo por ustedes, no por parecer modernos. Aprender no es una competencia con los jóvenes. Es una conversación con la vida, y esa conversación no tiene edad.

La próxima vez que les digan, o que se digan a sí mismos, "estoy muy viejo para eso", recuerden al señor de la cafetería. O recuerden a este médico de 72 años, que pasa las tardes equivocándose con programas nuevos y sonriendo. La mente, como el corazón, se mantiene viva mientras se le da de qué vivir.

¿Y ustedes? ¿Qué han aprendido recientemente, o qué les gustaría aprender y no se atreven? Cuéntenme en los comentarios. Les prometo leerlos todos, y quizá aprender algo nuevo de ustedes.


Nota editorial:
El contenido de este artículo tiene carácter informativo y educativo. No sustituye la consulta con un profesional de la salud.

Dr. Jose A. Cisneros.MD,PH.D @drcisneros.com

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