Estafas digitales: la guía para no caer después de los 60
Un martes por la tarde me llegó un mensaje de WhatsApp de un número que no conocía. Decía: "Papá, se me dañó el teléfono. Este es mi número nuevo. Tengo una emergencia y necesito que me ayudes con un pago hoy mismo".
Tengo dos hijos adultos. Ninguno me escribe así, ni me llama "papá" en un mensaje sin saludar. Aun así, por un segundo, el corazón me dio un salto. Y ese segundo es exactamente lo que los estafadores buscan: que el corazón salte antes de que la cabeza piense.
Soy médico, soy ingeniero y tengo setenta y dos años. He visto de todo, en la medicina y en la vida. Y aun así, reconozco que por un momento me tembló la mano. Por eso quiero escribir esta guía. No para que vivas con miedo, sino todo lo contrario: para que vivas tranquilo, con reglas claras y el cerebro frío.
Por qué nos buscan a nosotros
Primero, dejemos algo claro: no es porque seamos "viejitos indefensos". Eso es un mito y también un insulto. Los estafadores nos buscan por razones más concretas, y conocerlas es la primera defensa.
Somos educados. Nos cuesta colgarle a alguien que parece amable. Es una virtud de nuestra generación, pero ellos la usan como llave.
Confiamos en las autoridades. Si alguien dice ser del banco, de una empresa de soporte o del gobierno, tendemos a creerle. Esa confianza es hermosa, pero hay que administrarla.
Somos buenos conversadores. Ellos lo saben: nos gusta hablar, nos gusta atender, y a veces estamos solos y la voz amable al otro lado es bienvenida. La soledad es el mejor terreno para un estafador.
Y tenemos años de trabajo encima. Eso suele significar ahorros, casa propia, una tarjeta. Son profesionales del engaño y buscan el camino más corto hacia ese dinero.
No se trata de inteligencia: se trata de información y de pausa. Las dos cosas se pueden entrenar. Y eso es lo que vamos a hacer aquí.
La estafa del hijo en apuros
Esta es de las más comunes y de las más crueles, porque toca lo que más queremos.
El guion es casi siempre el mismo. Un mensaje de WhatsApp, un SMS o una llamada. Alguien dice ser tu hijo, tu nieto o un sobrino. Dice que perdió el teléfono, que está detenido, que tuvo un accidente, que está en el aeropuerto con un problema. "No me llames, estoy en una reunión", añaden algunos, para que no puedas verificar. Y siempre, siempre, hay urgencia.
La esposa de un amigo mío estuvo a punto de hacer una transferencia de setecientos dólares por un mensaje así. Solo la detuvo una llamada al número real de su hijo, que estaba en su casa, sano y salvo, sin enterarse de nada.
La regla es simple. Si alguien te pide dinero por teléfono o por mensaje diciendo que es un familiar: no respondas, no transfieras, no compres tarjetas. Cuelga o guarda el teléfono, y llama al número que tú tienes guardado, no al que te dieron. Y si la voz no te convence o el mensaje suena raro, pregúntale algo que solo tu familia sabría. Un estafador se cae solo ante una pregunta personal.
El premio que nunca ganaste
Otra de las clásicas: "¡Felicidades! Ha ganado diez mil dólares en nuestro sorteo. Solo debe pagar una pequeña tarifa para liberar su premio".
Hazme un favor: antes de emocionarte, pregúntate dos cosas. ¿Participé yo en algún sorteo? ¿Di mi nombre y mi teléfono? Si la respuesta es no, ya tienes la respuesta.
Ninguna lotería legítima del mundo te pide dinero para entregarte lo que ganaste. Eso se llama "tarifa adelantada" y es una de las estafas más viejas de la historia, solo que ahora llega por correo electrónico, en inglés o en español, con logos bonitos.
Y no hablemos de los correos que te nombran heredero de un tío millonario en un país lejano. Si nunca supiste de ese tío, es porque no existe. Bórralo y sigue tu vida.
Hay una variante moderna que quiero que conozcas: el estafador te manda un cheque o una transferencia "por error" y te pide que le devuelvas la diferencia. El cheque es falso o la transferencia se revierte, y tú ya pagaste. Si alguien te deposita "de más", no devuelvas nada: llama al banco y avisa.
El técnico de soporte y el banco que llama
Estas dos son hermanas, y son peligrosas porque juegan con la confianza y con el miedo.
Un día suena el teléfono y una persona dice llamar de tu banco. Hay "actividad sospechosa" en tu cuenta. Necesitan "verificar" tu tarjeta. Te piden el número completo, la fecha de vencimiento, el código de seguridad, incluso la clave.
O estás en la computadora y aparece una ventana que dice que tu equipo está infectado, con un número de teléfono para llamar. Al otro lado, un "técnico" muy amable te pedirá que instales un programa para "arreglar el problema". Ese programa le da acceso a tu máquina desde donde esté. Lo que escribas, lo verá él. Tus claves, tus fotos, tus estados de cuenta: todo.
Grábate esto con letras grandes: los bancos no llaman para pedirte tu clave. Ningún banco serio te pide el código de seguridad por teléfono. Ningún técnico legítimo necesita que instales programas a distancia por teléfono. Si te piden alguna de esas dos cosas, es una estafa. Sin excepción, sin discusión.
Si alguien te llama diciendo que hay un problema con tu cuenta, cuelga y llama tú al número de tu tarjeta o de tu estado de cuenta. El que te llame "del banco" puede fingir el número en la pantalla —eso se llama suplantación de número—, así que no te fíes ni de la pantalla.
Las reglas de oro
Vamos a resumir todo en cinco reglas que caben en la cabeza de cualquiera.
Primera: nadie, nunca, bajo ninguna circunstancia, te pide una clave por teléfono, por mensaje o por correo. Ni el banco, ni el gobierno, ni tu nieto. Si te la piden, es estafa. Punto.
Segunda: la urgencia es la herramienta favorita del estafador. "Tiene que ser ahora". "Si no paga hoy, pierde todo". "No cuelgues, se complica". Lo urgente y lo legítimo casi nunca van juntos. Cuando sientas presión, haz una pausa. Respira. El mundo no se acaba en cinco minutos.
Tercera: cuelga y llama al número oficial. Si te llaman de tu banco, de tu compañía de teléfono o de cualquier servicio, cuelga y llama tú al número que aparece en tu factura o en tu tarjeta. No al que te dieron en la llamada.
Cuarta: no compartas códigos. Esos códigos que llegan por mensaje para confirmar una operación son tuyos, solo tuyos. A veces te piden "el código que te acaba de llegar" para "confirmar que eres tú". Ese código es la llave de tu cuenta. Quien lo tenga, entra.
Quinta: si parece demasiado bueno para ser verdad, lo es. Premios, amores virtuales que piden dinero, inversiones que duplican tu dinero en una semana, cuentas del gobierno que "te deben un reembolso". Todo eso es falso. Y añado una sexta gratis: no hay negocio legítimo en el mundo que cobre con tarjetas de regalo. Si alguien te pide que compres tarjetas de regalo y le leas los números, cuelga. Eso nunca, jamás, es legítimo.
Si ya caíste: respira, no es tu culpa
Lo más importante que quiero que te lleves de este artículo es esto: si te estafaron, no eres tonto. Eres una persona de buena fe que se encontró con un profesional del engaño. Le pasa a médicos, a ingenieros, a jóvenes con doctorados. Les pasa a todos.
Lo que sí hay que hacer es actuar rápido, y sin vergüenza.
Habla con alguien de confianza. Contarlo te ayuda a pensar y evita que sigas a solas con el problema. El estafador te pidió secreto; desobedécele.
Llama a tu banco o a la entidad de tu tarjeta. Diles exactamente lo que pasó. Cuanto antes, mejor: pueden bloquear la cuenta o detener una transferencia.
Denuncia. En Estados Unidos hay oficinas para reportar estos fraudes, en internet y por teléfono. En tu país, la policía cibernética o la fiscalía. Quizá no recuperes el dinero, pero tu denuncia ayuda a rastrear a los delincuentes y a proteger al vecino.
Cambia tus claves. Todas, y por contraseñas nuevas, no las mismas de siempre. Si diste acceso a tu computadora, apágala de inmediato y llévala a un técnico de confianza.
Bloquea al número o al correo que te contactó. Y cuéntale a tus amigos: cada vez que una estafa se cuenta, pierde fuerza.
Mi última regla es la más valiosa: el mejor antivirus es conversar. Cuando estas historias se cuentan en la mesa, en el club, en el grupo de la familia, los estafadores pierden su ventaja. Ellos no quieren un salón lleno de gente que ya conoce el guion.
Yo tengo setenta y dos años y me considero cuidadoso. Y aun así, ese mensaje del "hijo" me hizo temblar por un segundo. Por eso escribo esto: para que la próxima vez, ese segundo sea de pausa y no de pánico.
¿Y tú? ¿Has recibido alguna de estas llamadas o mensajes? Cuéntame en los comentarios cómo lo manejaste. Tu experiencia puede ser el salvavidas de otro lector.
Nota editorial:
El contenido de este artículo tiene carácter informativo y educativo. No sustituye la consulta con un profesional de la salud.
Dr. Jose A. Cisneros.MD,PH.D @drcisneros.com