¿Debería Apple temer a Xiaomi y a Huawei?
Los teléfonos no son la amenaza. Son el espejo.
El 7 de septiembre de 2026, Xiaomi presentó en China el 18 Fold. Pesaba 219 gramos, medía 5,02 milímetros abierto y se vendía desde 10.999 yuanes, unos 1.636 dólares. Dieciséis días después, Apple abrió la preventa de su primer plegable, el iPhone Duo, desde 1.999 dólares. Los dos aparatos miden 117,8 milímetros de alto. Los dos usan la proporción A4 en la pantalla interior. Eso no se llega por casualidad: se llega copiando el plano.
Y sin embargo, la pregunta que todo el mundo hace —¿debería Apple temerles?— está mal planteada. Porque el teléfono es la parte de la pelea que Apple ya sabe pelear. Lo que cambió es otra cosa, y casi nadie la está mirando.
Para entenderlo hay que volver al principio. En mayo de 2019, Estados Unidos puso a Huawei en la lista de entidades: se le cortó el acceso a los servicios de Google y a los chips estadounidenses. Los analistas le escribieron el obituario esa misma semana. En agosto de 2023, Huawei sacó el Mate 60 Pro con un procesador Kirin fabricado en China por SMIC, contra todo pronóstico. En 2025 volvió al primer lugar del mercado chino, cinco años después. Y en 2026 pasaron dos cosas que importan más que cualquier teléfono. La primera: HarmonyOS, el sistema operativo que Huawei construyó a la fuerza cuando le quitaron Android, superó a iOS como segundo sistema móvil de China, por detrás solo de Android, según las mediciones de Counterpoint. La segunda: Huawei se quedó, según las proyecciones de la firma Bernstein, con cerca de la mitad del mercado chino de chips de inteligencia artificial, el terreno donde Nvidia reinaba sin discusión.
Traducción: a Huawei no le hace falta vender un iPhone en Ohio para ganarle a Apple. Le basta con que el usuario chino deje de estar amarrado a Apple. Eso ya ocurrió.
Xiaomi es el otro caso, y es más incómodo porque no tiene épica. Nació en 2010 vendiendo teléfonos al costo y ganando en los servicios, con la promesa de ser el Apple chino a mitad de precio. Cumplió la promesa al pie de la letra: es de los primeros en plegables, en baterías de silicio-carbono, en sensores de 200 megapíxeles y ahora en chips propios. En el segundo trimestre de 2026 vendió 31,2 millones de teléfonos con precio promedio récord y ganó 6.200 millones de yuanes, según sus propias cuentas. Su margen en teléfonos: 8,5 por ciento.
Ahí está el dato que debería inquietar en Cupertino, y no es el que aparece en los titulares. Apple reportó el trimestre cerrado el 27 de junio con 109.400 millones de dólares de ingresos, 50,1 por ciento de margen bruto y crecimiento de dos dígitos en todos sus segmentos geográficos, incluida China, donde facturó 18.816 millones, más que el año anterior, según su propio informe trimestral. Apple no está perdiendo China. Está creciendo en China.
Entonces, ¿de dónde sale el miedo? No del dinero presente: del peldaño. Apple cobra 50,1 por ciento de margen porque le vende al usuario una salida costosa: el ecosistema, el candado. Xiaomi demuestra que se puede innovar primero —plegable más barato, 6.000 miliamperios, chip propio— y aun así ganar 8,5 por ciento de margen en teléfonos. Y ese 8,5 por ciento hay que leerlo entero: es un piso, no un colchón. Lo sostuvo mientras el precio de la memoria subía entre 78 y 83 por ciento en un solo trimestre y el beneficio neto ajustado del grupo caía 42,6 por ciento. Dicho de otro modo: la innovación no es lo que sostiene el precio de Apple. Lo sostiene el candado. Es el argumento que Apple nunca dice en voz alta y el que Xiaomi pone sobre la mesa sin proponérselo. El día que el candado se abra por ley —interoperabilidad, tiendas alternativas, la normativa europea— el argumento del precio se cae con él. Y no lo habrá abierto Xiaomi: lo habrá abierto un regulador.
Ahora el otro lado, porque el abogado del diablo también tiene que trabajar aquí.
Primero: Huawei no puede vender teléfonos en Estados Unidos y no tiene servicios de Google, lo que en Europa y en América Latina es una condena comercial, no un detalle. Segundo: fabricar chips avanzados con SMIC tiene un techo de rendimiento, volumen y costo que nadie ha medido con independencia; que Huawei se quede con la mitad del mercado chino de chips de inteligencia artificial es una proyección de analistas, no un resultado auditado. Tercero: Xiaomi gana 8,5 por ciento; Apple gana 50,1. El que gana poco no mata al que gana mucho: le crea un problema de crecimiento, no de supervivencia. Y cuarto, el más sólido de todos: los envíos mundiales de teléfonos cayeron 7 por ciento en el segundo trimestre de 2026, el peor segundo trimestre en trece años, por escasez de memoria. Cuando el mercado se encoge por falta de componentes, decide el que tiene los contratos y la caja.
Dicho todo eso, aquí es donde mi opinión incomoda a los dos lados.
El miedo correcto de Apple no se llama Xiaomi ni se llama Huawei. Se llama memoria, se llama aranceles, se llama Bruselas y, sobre todo, se llama Apple. Porque la manera de perder la guerra de verdad no es que Xiaomi venda plegables más baratos: es que Apple baje sus precios para responderle. El cliente que se fue por precio ya se fue, y no vuelve por un descuento. Lo único que se consigue bajando el precio es destruir el margen que financia los chips, el sistema y todo lo demás. La empresa que se defiende imitando al que la ataca pierde dos veces: primero la pelea, después su propia identidad.
Y hay una ironía de fondo. Huawei y Apple son el espejo del otro, y ninguno de los dos admite lo que ve. Huawei no vende en Estados Unidos porque el Estado se lo impide; Apple vende menos en China porque el Estado chino empuja a los suyos, y en Europa acaba de dejar al iPhone sin su nueva Siri por el pleito regulatorio: la misma Siri que sí llega al Mac y al Vision Pro, porque macOS no está designado como puerta de acceso y el iPhone sí. Ninguno de los tres compite en cancha neutral. Cada uno está protegido por un Estado distinto, y cada uno llama "ventaja injusta" a la protección del otro. Cuando una empresa dice que le teme a un rival que tiene un Estado detrás, conviene mirarle el reflejo.
¿Qué pasa si funciona? Si Huawei sostiene el ritmo —chips propios, HarmonyOS, Ascend— Apple pierde el segmento premium chino y, con él, buena parte del premium del mundo. No pierde dinero este año: pierde crecimiento, que es lo que el mercado castiga con más dureza. ¿Y si no funciona? Si los chips de SMIC se estancan y el ecosistema no retiene al usuario, Apple se queda con el premium global completo y gana la década por cansancio del rival.
Lo que casi nadie calcula es el costo de que Apple reaccione mal: un plegable hecho a la defensiva, un precio rebajado por miedo, un producto nacido de la comparación en vez de la convicción. Ese daño no necesita que China gane nada. Lo fabrica Apple sola.
Quién gana y quién pierde. Gana el consumidor: los plegables están bajando de precio por primera vez en la historia de la categoría, y eso lo logró la competencia, no la regulación. Ganan los dos Estados, que por caminos opuestos terminaron con sus campeones protegidos. Gana Apple en el corto plazo, porque el mercado estadounidense les está vedado a sus dos rivales. Y pierden los de en medio, los que no tienen ejército diplomático: los fabricantes que compiten con las reglas del mercado mientras los grandes juegan con las de la geopolítica. A largo plazo perdemos todos, porque un mercado partido en dos bloques regulatorios deja de compartir lo que inventa: lo que se crea de un lado no viaja, y lo del otro tampoco. Dos tecnosferas que se hablan cada vez menos innovan cada vez más lento. Esa es la factura de veinte años que nadie está sumando.
Mi tesis, en primera persona y sin esconderme: no, Apple no debería temer a Xiaomi ni a Huawei. Debería respetarlos lo suficiente para no copiarles el plegable ni el precio, y temerle a lo único que puede destruirla desde dentro: el día que confunda defender su margen con defender su producto. El teléfono idéntico ya está sobre la mesa —117,8 milímetros, los dos—. Lo que no está decidido es qué hace Apple con eso: si lo lee como una amenaza que hay que igualar, o como una pregunta que hay que responder con algo que los demás no puedan copiar.
Y el límite honesto, porque eso también se dice: nadie publica los márgenes del segmento de plegables, ni Apple ni Xiaomi; las cuotas de China bailan según quién las mida —hay institutos que le dan a Huawei 23 por ciento y otros 27, y los dos pueden estar bien con metodologías distintas—; y la mitad del mercado chino de chips de inteligencia artificial es una proyección, no un resultado. Con eso en la mano, mi lectura es esta: la amenaza es de largo plazo, el peligro es de corto, y el que puede hacer más daño no viene de fuera.
Conclusiones
- Apple no está perdiendo China: está creciendo en China. Facturó 18.816 millones de dólares en el trimestre cerrado el 27 de junio, más que el año anterior. El temor no viene de las cuentas, viene del peldaño: el premium chino dejó de ser territorio de Apple.
- A Huawei hay que temerle por el candado, no por el teléfono. HarmonyOS superó a iOS como segundo sistema móvil de China: el usuario chino ya no está amarrado a Apple, está amarrado a otro. Eso es lo único que Apple no puede replicar con un producto mejor.
- A Xiaomi hay que temerle por lo que demuestra, no por lo que vende. Innovó primero y gana 8,5 por ciento de margen en teléfonos. La conclusión incómoda: el precio de Apple no lo sostiene la innovación, lo sostiene la salida costosa. Cuando la ley abra esa salida, el argumento se cae.
- El verdadero riesgo de Apple es su propia reacción. Bajar precios para igualar a Xiaomi no recupera al cliente perdido y sí destruye el margen de 50,1 por ciento que financia todo lo demás. Pelear la guerra del rival es perderla dos veces.
- Ninguno de los tres compite en cancha neutral. Huawei bloqueado en Estados Unidos, Xiaomi fuera por márgenes, Apple empujada en China y en Europa. Y el que paga la factura no es ninguno de ellos: es el consumidor de los países que no tienen campeón propio.
Dr. Jose A. Cisneros, MD.Ph.D — drcisneros.com