Abuelos 2.0: cómo conectar con los nietos en la era digital

Abuelos 2.0: cómo conectar con los nietos en la era digital

El otro día vi a un abuelo sentado en un banco del parque, al lado de su nieto de diez años. El niño miraba una pantalla, los dedos volando, y el abuelo miraba al niño. No se decían nada. El abuelo tenía esa expresión que yo conozco bien, porque la he tenido yo: la expresión de estar al lado de alguien y sentirse lejos.

Pensé: qué triste. Y de inmediato me corregí: qué normal. Porque esa escena no es de ahora. Cuando yo era niño, en Venezuela, mis abuelos y yo tampoco teníamos mucho de qué hablar. Ellos hablaban de su pueblo y de su cosecha; yo quería hablar de fútbol y de mecánica. Había cariño, mucho, pero la conversación no fluía. La distancia entre generaciones siempre ha existido. Lo único que cambió es el idioma de los jóvenes: ahora ese idioma se llama pantalla.

Y aquí está la idea que quiero compartirles: el amor no cambia porque cambie el canal. Si los nietos viven conectados, los abuelos también podemos conectarnos. No hace falta hacerse el joven, ni dominar cada aplicación. Hace falta, como en todo en la vida, intención y un poco de curiosidad.

El canal cambia, el amor no

Primero desarmemos una idea que nos hace daño: la de que las pantallas nos separan de los nietos para siempre. Es verdad que un niño pegado a su teléfono puede parecer inalcanzable. Pero fíjense en esto: ese mismo niño no ve casi nunca a sus primos en persona, y habla con ellos todos los días por videollamada. Para su generación, la pantalla no es lo opuesto a la conexión: es donde la conexión vive.

Eso no significa que tengamos que rendirnos a las pantallas. Significa que podemos entender el mapa del terreno antes de cruzar el puente. Si yo quiero llegar a mi nieto, lo más sensato no es esperarlo en la orilla donde yo me quedé, sino caminar un trecho hacia la orilla donde él está. La buena noticia es que el trecho no es tan largo como parece, y que al final del camino me espera él, no una máquina.

Puedo estar equivocado, pero me parece que los nietos no quieren abuelos que fingen ser jóvenes. Quieren abuelos que se interesan de verdad. La diferencia se nota: el que se interesa pregunta, escucha, y no juzga. Y eso, les aseguro, funciona en cualquier idioma, incluido el de las pantallas.

Videollamadas y mensajes de voz: los primeros pasos

Empecemos por lo más fácil, porque la tecnología se aprende mejor dando pasos pequeños. La videollamada es la puerta de entrada. Ver la cara del nieto mientras habla, aunque sea a mil kilómetros de distancia, no tiene comparación con una llamada a ciegas. Y para los abuelos es sencillo: se toca un botón, y apareces tú y aparece él. Las videollamadas se han vuelto comunes en casi todas las familias, y si usted no las ha usado todavía, le prometo que puede aprender en una tarde, preferiblemente con un hijo o una hija al lado.

El mensaje de voz es otra joya, y me sorprende que poca gente mayor lo aproveche. Escribir en un teléfono pequeño es un suplicio para mis dedos y para mis ojos. Pero hablarle al teléfono como si fuera una grabadora, eso es natural. Les mando a mis nietos mensajes de voz contándoles algo del día, o preguntándoles por su examen, o simplemente saludándolos. Y me responden con los suyos. A veces lo que recibo es un audio de treinta segundos de ruido y risas. ¿Saben qué? Eso me alegra el día entero. La risa de un nieto no necesita subtítulos.

Aquí va un consejo que aprendí por las malas: no se preocupen por la etiqueta de estos aparatos. Si mi nieto me manda un mensaje a las diez de la noche, yo no respondo hasta el otro día, y está bien. Ellos entienden el ritmo de cada uno. Lo importante no es la inmediatez. Lo importante es que el canal quede abierto, que sepan que uno está ahí.

Sus juegos, sus intereses: acérquese sin invadir

Cuando un nieto pasa horas con un videojuego, la tentación del abuelo es fruncir el ceño y decir que eso es perder el tiempo. Yo lo hice, y me arrepiento. Ahora hago lo contrario: pregunto. "¿Y ese juego de qué se trata? ¿Quién gana? ¿Qué es lo más difícil?". No me pongo a jugarlo todo, por supuesto, aunque he terminado aprendiendo algunos. Pero el solo hecho de preguntar cambia la conversación por completo.

Parece magia, pero es psicología sencilla: cuando usted le pregunta a un niño por lo que le apasiona, ese niño se siente visto, y le abre la puerta. Le va a explicar su juego, su música, su serie, con un entusiasmo que usted no se imaginaba. Y usted va a descubrir que detrás de la pantalla hay una persona con gustos, con humor, con opiniones. Una persona que además, en algún momento, se va a interesar por sus historias también.

Eso sí, una frontera clara: acercarse no es invadir. El abuelo pregunta, escucha, celebra. No corrige, no critica, no se apodera del tema. Si el nieto me enseña su música y yo la desprecio, la próxima vez no me enseña nada. Si la celebro con curiosidad, me convierte en su confidente. No se trata de estar de acuerdo con todo. Se trata de estar presente en su mundo, que es el regalo más grande que podemos darles.

Sus historias: lo que los nietos quieren saber

Ahora hablemos de lo que ustedes ya saben hacer, aunque no lo crean: contar historias. Hay un mito de que a los nietos no les interesa el pasado de los abuelos. Es falso. Lo que pasa es que les interesa a su manera, en dosis pequeñas, y contado como historia y no como sermón. A mis nietos les encanta que les cuente cómo era Caracas cuando yo tenía su edad, cómo fue mi primera bicicleta, cómo conocí a su abuela, qué hacía un médico sin computadoras ni celulares.

Los nietos quieren saber de dónde vienen. Eso es una necesidad humana de toda la vida. Y ustedes son la única persona en el mundo que puede contarles esas historias de primera mano. Cuando usted se vaya, esas historias se van con usted, a menos que se las haya contado antes. Así de simple, y así de importante.

Les doy un truco que uso: en lugar de responder preguntas con moralejas, respondan con anécdotas. No digan "en mis tiempos se estudiaba más". Digan "una vez, en un examen de la universidad, me quedé dormido y casi pierdo la materia". Vean cómo cambia la cara del nieto. La anécdota tiene sabor, y el sabor se recuerda. La moraleja se olvida; la historia, no.

Pantalla y presencia: el equilibrio de siempre

Quiero terminar con una advertencia, porque no quiero venderles la idea de que la tecnología lo resuelve todo. La videollamada es maravillosa, pero no reemplaza el abrazo. El mensaje de voz es un tesoro, pero no reemplaza un fin de semana juntos. La regla de oro es sencilla: cuando el nieto está presente, la pantalla se apaga. Eso vale para él, y vale para nosotros. Yo he cometido el error de estar con mis nietos y distraerme con el teléfono, y la mirada de reproche de un nieto no se olvida fácil.

El equilibrio es el mismo de siempre, el de toda la vida: usar la tecnología como puente, no como casa. Que la pantalla nos acerque cuando la distancia física nos separa, y que se aparte cuando la presencia real nos junta. Eso es todo. No es una ciencia.

Yo, a mis 72 años, no soy un experto en tecnología. Soy un médico y un abuelo que decidió aprender lo mínimo necesario para no perder el tren de sus nietos. Y les confieso que ha sido una de las mejores decisiones de mi vida. Cada videollamada, cada audio con risas, cada tarde explicándome un juego que no entiendo, me recuerda que la conexión con los nietos no depende de la edad ni de los aparatos: depende de la intención.

Así que mi invitación de hoy es concreta: esta semana, mándele un mensaje de voz a un nieto. Pregúntele por su juego favorito, o cuéntele una anécdota de su juventud. No necesita más. Y cuéntenme en los comentarios cómo les fue. Yo también quiero aprender de sus experiencias, porque esto de ser abuelo 2.0 lo vamos aprendiendo entre todos.


Nota editorial:
El contenido de este artículo tiene carácter informativo y educativo. No sustituye la consulta con un profesional de la salud.

Dr. Jose A. Cisneros.MD,PH.D @drcisneros.com

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